La Perla del miedo
Historias de miedo
Esta historia que hoy les voy a contar, algunos la creen como mito, otros solo piensan que es producto de supersticiones. Pero entre los que vivieron en carne propia, no caben dudas. Sus corazones se detuvieron esa noche, de perfecto silencio, verano en la ciudad feliz.
Los hechos y personajes de este relato tienen lugar en la ciudad preferida por muchos por ser exportadora de recuerdos de verano. Pero esta vez no fue así. Todos los hechos, aunque parezcan coincidencia, están basados en relatos de quienes la vieron por sus calles, desolada y en busca de la luz hacia su paz.
La mañana en que los trabajadores hallaron a los cuidadores de aquella construcción, no entendían qué había pasado con estos hombres. Lucían pálidos, como si su alma hubiera sido succionada. Su mirada, vacía, se dirigió hacia la vieja gruta. Preocupados, intentaron entablar palabra, pero solamente repetían una frase sin sentido. La sombra, repetían una y otra vez; como si la invocaran al pronunciarla.
Los trabajadores pensaron que solo habían tenido una larga noche y los dejaron sin preocuparse. Esa noche, otros dos cuidadores tomarían sus puestos en la vieja construcción.
Construida en 1902 como un refugio y sanatorio para niñas huérfanas, asistido por las piadosas manos de las Hermanas Franciscanas Misioneras de María. Ubicado en el barrio de La Perla, este santuario fue hogar de 350 niñas. Reconocido por su piedad a la comunidad y su iglesia cubierta de oro en su cúpula superior, era el lugar ideal para que las niñas sin hogar pudieran encontrar refugio en aquel lugar. Hoy, pasada de mano en mano por distintos gobiernos, decidieron reparar sus instalaciones y declararlo patrimonio histórico.
Entre quienes dedicaban su vida a orar y al cuidado de las niñas, se destacaba la hermana Judit, una joven quien recibió los hábitos con solo 18 años, proveniente del interior del país; consagrada a la misión. Era quien cuidaba de las menores; se ocupaba de darles el desayuno, así también del almuerzo. Desde las altas horas de la mañana hasta entrada la noche, ella solía estar atenta a “sus ángeles”, como ella solía decirles.
Una noche de tormenta, de las cuales salen los barcos fantasmas a pasear, según quienes conocen su relato, sin explicación alguna, vieron cómo la joven hermana caminó hacia las orillas del mar, en una noche lúgubre de tormenta. Fue casi como de un trance; la mujer estaba hipnotizada. Cada vez entraba más y más dentro de las aguas, que parecían exigir su alma mortal. Se escuchó un fuerte relámpago y un rayo cegó a quienes observaban y jamás la volvieron a ver.
Semanas pasaron, cuando oficiales y vecinos, además de las hermanas del refugio, desistieron de seguir investigando, cerrando el caso como:
Acta N.º 341 – Comisaría 2.ª – Distrito Mar del Plata – Año del Señor de 1912
En la presente se deja constancia que en fecha 3 de noviembre del corriente, vecinos del barrio La Perla declararon ante esta autoridad haber observado a la joven Judit Grutten, de aproximadamente 20 años de edad, en actitud errática y solitaria, dirigiéndose hacia las inmediaciones de la costa, zona de acantilado, y posteriormente adentrándose en dirección al oleaje, sin que se tenga conocimiento de su retorno.
Hasta la fecha no se ha hallado cuerpo alguno, razón por la cual se inician las actuaciones bajo la carátula de ‘Información sumaria por presunto suicidio sin hallazgo de cadáver’, elevándose las mismas al Juzgado de Instrucción en turno.
Se hace constar que continúan las diligencias tendientes a la localización de la mencionada.
Esa noche, los nuevos cuidadores de aquella construcción no sabían qué les esperaba. Comenzaron su guardia como cualquier otra. La rutina clásica de recorrer el lugar, buscar algún lugar para conectar radio y ponerse cómodo para pasar el resto de la noche. Uno de ellos debía hacer el recorrido por los interiores y el otro debía estar atento por fuera. Una tarea muy simple, pensaron.
Jorge estaba haciendo guardia en el puesto uno, un puesto muy acogedor, con sistema de calefacción, una pequeña televisión en blanco y negro y unas dos sillas. A Norberto, quien estaba en los interiores, su único reparo era un pupitre de lo que fue el antiguo colegio. Este daba a un largo y oscuro pasillo. Jorge y Norberto trabajaban hacía mucho en el servicio de vigilancia. Era un empleo tranquilo que les permitía hacer un dinero extra, además del de albañil.
—Jorge, voy a hacer el recorrido, ¿me podés preparar la pava para los mates? —preguntó Norberto, llamándolo por el Nextel.
—Sí, dale, andá tranquilo —respondió Jorge.
Norberto encendió la linterna y comenzó a transitar ese oscuro pasillo con azulejos verdes y blancos. En lo que había sido un lugar con risas, hoy era un lugar lúgubre y sin alma. Como si el paso del tiempo hubiera enmohecido el recuerdo de un lugar feliz. Los pasos hacían eco en esas paredes calladas y la linterna alumbraba ese piso de madera que cruje con cada paso. Al sentirse un poco nervioso por el vacío del lugar, decidió poner un poco de radio, como si esto ahuyentara los malos espíritus del lugar.
Al poner su frecuencia, no entendió qué había pasado: se había cambiado bruscamente hacia la frecuencia de Radio María. Una estación católica, donde se rezaba el rosario en cada hora.
Culpó a su edad y a su cansancio, porque estas cosas hacían que su presión subiera y era mejor que se calmara, para no armar un escándalo y que termine perdiendo su trabajo, puesto que este era su última oportunidad de trabajo decente; en lugar de los otros. Pensó que lo mejor sería volver con su compañero y tomar unos mates para bajar los nervios, olvidando el tema. Estaba muy oscuro afuera, y le dificultaba ver de lejos sin sus lentes.
Norberto estaba a metros de llegar hasta el puesto uno, que estaba en el patio del lugar. Y lo que vio no podía creerlo. Era una mujer, como una monja. Pero su vestimenta era del siglo pasado. Estaba de pie junto a la ventana del puesto uno, observando su interior. Norberto se heló de inmediato. Un frío mojado recorrió su espalda.
Norberto nunca supo la verdad, y quizás sea mejor que no sepa, pero Jorge esperaba a su mujer, quien vestida de negro y con un poncho viejo traía la cena a su marido, quien estaba dormitando en su silla.


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