El candado de la heladera
Si hay cosas que puedo destacar en casa, son las milanesas de mi viejo. Mi papá se destaca en muchas cosas, pero si hablamos de la cocina, él tiene una particularidad: las milanesas, las pastafloras y las ensaladas a él le quedan muy bien.
Una vez, creo que tenía ocho, y mi viejo había hecho unas milanesas para llevarse al trabajo. En ese entonces, él hacía mesadas en una marmolería. La bandeja y la casa humeaban a frito. Yo creo que todo chico nace con ese sentido de ladrón, y uno con el tiempo lo perfecciona o lo pierde. Hasta ese día, mi actividad criminal alcanzaba a los chocolates de algún supermercado de la zona y algún billete con denominación baja de la cartera de mi vieja o, en este caso, las milanesas de mi viejo.
Pero para mi coartada, yo tenía una estrategia que podía cubrirme. Era tener algún motivo, en mi pensar altruista. Por ejemplo: si robaba en algún mercado, debían ser chocolates que fueran previamente abiertos o que estos tuvieran algún defecto, como una rotura de envoltura; de esta forma, pensaba yo, ayudaba al empresario por consumir mercadería que nadie llevaría.
Volviendo a esa mañana, mi viejo dejó esas milanesas recién hechas en la heladera para poder volver a trabajar a la noche. Y yo, espiando como lobo detrás de la puerta, esperaba ansioso que se fuera a buscar alguna actividad que lo entretuviera, así podía tener la oportunidad de cumplir mi atraco y salir impune, como siempre.
La maniobra requería rapidez absoluta y complejo control del silencio, ya que mis viejos siempre tenían un oído absoluto para descubrir cuando abría la heladera sin permiso. Aun hoy habilidad que mantienen intacta. Entonces puse mis dedos entre la goma, para que, esta no hiciera el ruido de despegarse y comenzaba mi fechoría con el silencio como cómplice.
Mi viejo estaba en el patio, lo que me daba como mucho unos diez a quince minutos para sacar las milanesas y comerlas tibias.
Con el estómago lleno y satisfecho, puesto que el sabor de lo prohibido le da un picante extra, me dispuse a salir al patio y pretender que todo estaba en orden. Pero mi viejo, al entrar a la cocina y disponerse a comer las inexistentes milanesas, descubrió con horror que el plato estaba vacío, dentro de la heladera. El grito que pegó ese hombre, se escuchó en toda la cuadra. Los trabajadores de las inmediaciones cesaron su actividad para chusmear qué era lo que había perturbado a uno de los vecinos más calmados de la cuadra.
—¡La puta madre que lo parió! ¡Todo se comen en esta casa! ¡Candado voy a poner, a ver si ,así se dejan de sacar las cosas de la heladera!
Y lo cumplió. Sacó del galpón, donde guardaba las herramientas, y trajo un taladro, con el que perforó las puertas de la vieja heladera. Los nervios que manejaba ese pobre cristiano eran de temer. Perforó cada uno de los agujeros con precisión milimétrica… hasta que llegó a las paredes de la heladera.
Antiguamente los modelos de heladera contaban con el sistema de refrigeración por detrás, pero este modelo contaba con el sistema de enfriamiento en la parte superior, para mejor concentración de frío. Dato que mi viejo no tenía en cuenta cuando comenzó a perforar la pared superior, pinchando así el caño de gas que transmitía el frío, perdiéndose así el gas. La bronca que tenía mi viejo era tal que parecía que los ojos se le iban a salir.
—Ahora cómo le explico al técnico que pinché el caño del gas de la heladera... la puta madre.
Desde ese entonces, mi viejo fue precavido al momento de hacer milanesas. Siempre hizo la cantidad justa, cosa de que no sobraran más milanesas, y empezó a llevarse ensaladas al trabajo.



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